Comenzaba a asomar el invierno, y las tardes se iban acortando y volviendo cada vez más frías y desapacibles, pero no lo suficiente como para meternos en casa. Así, aprovechando un hueco en la tarde, Bow y yo como tantas otros días nos acercamos a dar una vuelta por la ribera de uno de nuestros ríos. El cielo estaba gris plomizo y la luz era ya escasa, lo cual no auguraba una buena tarde fotográfica. Sin embargo desde los primeros tramos del sendero las acuáticas se dejaron ver. La huidiza gallineta se cruzó de orilla al vernos llegar, y las fochas nos miraban con recelo.
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| Gallineta |
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| Focha común |
Cuando llegamos a los acantilados, las nubes empezaban a descargar una ligera llovizna, y en el horizonte los relámpagos cruzaban de nube en nube. Olvidándonos de las condiciones atmosféricas, escudriñamos las decenas de oquedades que estaba ante nuestros ojos. Gracias a la intuición, nos llevamos la sorpresa de la tarde: el gran duque, rey de la noche, también estaba observando los mismos relámpagos que nosotros. Sobre nuestras cabezas, el búho real se desperezaba y comenzaba a abrir sus anaranjados ojos, para desgracia de los abundantes conejos de la zona.
agradable. Quedaban ya minutos de luz, así que decidimos acelerar el paso hacia una zona con aguas algo más profundas. Allí, cormoranes y somormujos apuraban las últimas horas del día plácidamente a remojo, sin percatarse que un aguerrido cazador, el gavilán, sobrevolaba la cercana laguna en busca de su cena ...





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