Ya habían pasado muchos meses desde la última visita la zona, una de las menos transitadas de la región. Tras casi media hora por caminos de cabras, llegamos a nuestro punto de partida, en medio de mar de pinares que se extiende hasta más allá del horizonte.
La llegada no pudo ser más espectacular: apenas habíamos cerrado la puerta del coche, cuando sobre nuestras cabezas una habitante de excepción comenzó a sobrevolarnos. La imperial vigilaba su territorio con un planeo a muy baja altura.
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| Imperial en vuelo |
A los pocos minutos, cuando apenas habíamos andado cien metros, otro de los emblemas de nuestro monte mediterráneo, el buitre negro, ocupaba el hueco de la imperial en el cielo. Los leonados no quisieron ser menos, y comenzaron a surcar los cielos, animados por las corrientes térmicas que se empezaban a formar. Tuvimos suerte, y llegamos en la hora punta del solitario valle.
Un trepador observaba escondido entre los troncos todo el ajetreo aéreo. Los petirrojos también merodeaban de rama en rama entre el ramaje de los pinos. Menos discretos, cornejas y grajillas emitían estridentes graznidos, mientras en lo alto la imperial aguardaba el menor despiste de alguno de ellos.
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| Trepador azul |
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| Águila imperial ibérica |
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| Petirrojo |
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| Pinares de la Sierra Oeste |
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| Corneja |
Tras una primera hora de caminata con plena actividad en el monte, vino la calma. Llegamos a la zona con menos presencia humana casi a la hora de comer. Pudimos sorprender a unas hembras de muflón que descansaban a la sombre junto a la pista forestal. Fueron rápidas y no pude fotografiarlas.
Llegados al punto de retorno, aprovechamos para almorzar, descansar media horilla, y esperar la aparición de la reina de los cantiles, al pie de su montaña.
Fiel a su cita, el águila real nos regaló unos cuantos vuelos acrobáticos para nuestro recuerdo, poniendo la guinda a otra excelente jornada más vivida entre pinos y garras.
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| Águila real |








































