sábado, 22 de septiembre de 2012

Cuenca Alta del Manzanares (Madrid). Septiembre, 2012

NOTA: fotos tomadas con una NIKON D90 con objetivo AF VR Zoom-Nikkor ED 80-400 mm f/4,5-5,6D.

Otro otoño más ya había llegado y nuestros montes comenzaban a sufrir los cambios propios de la estación. Durante estos días muchas aves cruzarán nuestros cielos rumbo a África, dejándonos hasta la próxima primavera. En estos mismos días, cuando lleguen las primeras lluvias, otros vecinos de nuestros montes, los señores del bosque, comenzarán su época de máxima actividad, la berrea.

Con la intención de disfrutar de los bramidos de los ciervos y, con suerte, toparnos con alguno, decidí estrenar la estación por las dehesas de nuestro Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares.

Tras casi una hora de coche y unos últimos kilómetros con baches que en nada envidian a los del añorado Masai Mara, llegué al inicio de la ruta, que había conocido con Gon y Bow años atrás. Apagué el motor justo cuando un ciclista cruzaba a gran velocidad por la pista forestal. Cuando iba a subir la ventanilla, divisé una gran ave sobre una torreta eléctrica. Sin bajarme del coche saqué la cámara para identificar lo que parecía una gran rapaz. Y la suerte me sonrió, se trataba de un adulto de águila imperial ibérica.


Gran águila en una torreta eléctrica

Águila imperial ibérica

Las grandes manchas blancas sobre los hombros que caracterizan a nuestra rapaz más emblemática y amenazada se veían a simple vista. Con el coche como "hide", pude fotografiarla a placer. Tan sólo cuando me bajé del coche para iniciar la marcha, la imperial identificó la figura humana y emprendió el vuelo. Con estos quince primeros minutos iniciales, ya había merecido la pena la escapada.



Águila imperial ibérica

Águila imperial ibérica

Águila imperial ibérica
Águila imperial ibérica

Dejando atrás los planeos del águila imperial y de algún buitre leonado lejano, comencé la caminata por el sendero de tierra, que discurría entre encinas y jaras. El sol ya bajaba y algunos de los habitantes de la dehesa regresaban a sus hogares para pasar la noche. Éste fue el caso de una pareja de buitres negros, que cruzó a gran velocidad el cielo sobre mi cabeza. Se me sigue resistiendo una foto de calidad de los "monjes".

Encinares y monte bajo

Luna creciente
Buitre negro

El terreno se fue abriendo, y el monte bajo dejó paso a grandes praderas, en las que se adivinaba un cauce del río prácticamente seco. Con ayuda de los prismáticos se adivinaban las figuras de algunos ciervos y gamos que descansaban a la sombra de encimas y colinas.

Cauce del río prácticamente seco

Cérvido descansando


Unos metros más adelante, pude disfrutar desde algo más cerca los ciervos, gamos e incluso alguna cigüeña negra y garza, que disfrutaban del oasis que suponían los charcos de lo que antes era un río.

Ciervo bebiendo

Cérvidos y cigüeña negra

Cervatillo entre las encinas

Reflejos del sol sobre los charcos

Ciervo vigilando su "harem"

Ciervas y cervatillos

Decidí avanzar un poco más antes de emprender la vuelta a casa, para ver si la fructífera tarde me guardaba alguna sorpresa más. Mientras el sol se ocultaba tras la serranía, los córvidos se dejaban oir entre algún bramido aislado de los venados. En la lejanía también se escuchaba el chapoteo de algún gran mamífero, pero la espesura del encinar no permitía descubrir de quien se trataba. Sin embargo, su inconfundible chillido le delató unos minutos más tarde. Por sorpresa el animal en cuestión, un jabalí, apareció tras una loma. Iba emitiendo bufidos con el morro pegado al suelo, como si fuera una aspiradora. Olisqueó una encina, frotó su cabeza contra su tronco, y desapareció por donde había venido.

Córvidos

Jabalí

Jabalí marcando territorio

Jabalí alerta

Jabalí entre las dehesas

Con la puesta del sol y la marcha del jabalí, di media vuelta rumbo al coche. Tras la caída del sol el bramido de los ciervos y los chasquidos producidos por los choques de sus cuernas invadieron el monte. Estos sonidos me acompañaron durante todo el regreso. Mientras, en el cielo los rayos del sol dibujaban con tonos espectaculares las curiosas figuras de nubes y  estelas de los aviones.





Con la última luz del día llegué al coche, y emprendí la vuelta a casa tras una impresionante tarde en nuestro monte.




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