domingo, 30 de septiembre de 2012

Cuenca Alta del Manzanares (Madrid). Septiembre, 2012

NOTA: fotos tomadas con una NIKON D90 con objetivo AF VR Zoom-Nikkor ED 80-400 mm f/4,5-5,6D.

El día amaneció espléndido, con un sol resplandeciente que contrastaba con la oscuridad de los dos días anteriores, en los que las lluvias habían sido casi continuas.  A pesar de la cantidad de agua caída, el sendero tan sólo presentaba algunos charcos dispersos. Los campos estaban extremadamente secos, tras varios meses sin lluvias, y habían absorbido rápidamente el ansiado líquido. Cuando comenzamos la marcha la niebla se comenzaba a levantar, perezosa en el horizonte. El sol ya había ganado bastante altura y la claridad y temperatura del día era inmejorable.
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Niebla levantándose en la Cuenca Alta del Manzanares

En el primer tramo nos cruzamos con algunos ciclistas, más madrugadores que nosotros. Sus pedaladas y animadas charlas era lo único que se escuchaba en el ambiente. A los pocos minutos, el cielo raso comenzó a "mancharse" con pequeñas motas oscuras, las siluetas de los enormes buitres negros, algunos de ellos a muy baja altura.

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Buitre negro

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Restos de las tormentas en el camino

Según fuimos avanzando, el sonido de los ciclistas del ambiente se fue entremezclando con algún lejano bramido de los ciervos, ya en los últimos días de su berrea. Además de los buitres negros, algunas ciervas, gamos y pajarillos animaban nuestro caminar.

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Cierva en la dehesa
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Gamo entre las encinas

Al inicio de una pronunciada bajada, se sumó al sonido ambiente un "ladrido" que Bow enseguida identificó. Se trataba de la llamada de nuestra rapaz más emblemática, el águila imperial. Oteamos el horizonte, confiando en descubrir sus blancas hombreras sobre alguna encina o sobrevolando las dehesas. No fue así, y aunque seguíamos escuchando a la gran águila, no se la veía por ninguna parte. Fue una cierva la que con su estado de alerta nos hacía sospechar la cercanía de la imperial.

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Cierva alertada por la presencia de la imperial

La aguda vista de Bow descubrió una gran rapaz caminando entre las lejanas encinas. En cuanto el sol iluminó sus blancos hombros descubrimos que era la imperial que buscábamos. Tras un rato observándola, nuestra sorpresa se multiplicó, pues a apenas unos metros se erguía imponente, sobre una torreta eléctrica, la pareja de la imperial.

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Águila imperial ibérica
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Águila imperial ibérica

Mientras disfrutábamos de los movimientos de las imperiales, un azor se sumó a la escena. Tras un par planeos sobre nuestras cabezas, deapareció tras una loma.

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Azor
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Águila imperial ibérica
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Águila imperial ibérica

Al poco tiempo varios buitres negros y alguno leonado comenzacon a sobrevolar nuestras cabezas. Durante casi toda la jornada nuestros pasos fueron vigilados por alguno de estos gigantes alados.

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Buitre negro
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Buitre negro
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Pareja de buitres negros
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Buitre negro

Cuando el número de buitres en el cielo comenzó a aumentar, las dos águilas se pusieron nerviosas y alzaron el vuelo. Duante un buen rato su planeo se mezcló con el de los buitres; incluso alguno se llegó a llevar un picotazo de las imperiales, molestas por la invasión de su territorio.

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Águila imperial ibérica
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Águila imperial ibérica
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Águila imperial ibérica
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Águila imperial ibérica
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Águila imperial ibérica
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Águila imperial ibérica
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Águila imperial ibérica
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Águila imperial ibérica


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Águila imperial ibérica y buitre leonado

Algunos buitres más surcaron nuestras con un vuelo veloz, directo la espesura de unas encinas lejanas, donde seguramente quedaran algunos restos de algún animal muerto. Era impresionante el zumbido que provocaban estas grandes rapaces cuando cortaban el viento.

 
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Buitre negro
 
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Buitre negro

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Vaca pastando
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Buitre leonado aterrizando entre las encinas
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Vuelo de buitre leonado hacia el almuerzo
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Buitre leonado
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Gorrión sobre las tejas
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Buitre leonado

Transcurrió gran parte de nuestra mañana en ese oteadero improvisado, en la base de una loma, desde el que disfrutamos de algunas de nuestras más preciadas joyas aladas. Llegado el momento de volver a casa, reemprendimos la marcha, con menos fuerzas que al inicio, pero con muchos más recuerdos imborrables. La vida en los cielos seguía transcurriendo.

Una hora después, cuando ya estábamos cerca del coche, buitres e imperiales seguían en el cielo observándonos con curiosidad. Esperemos que el próximo día estén también ahí para saludarnos.

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Formación de nubes
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Cardo borriquero seco

sábado, 22 de septiembre de 2012

Cuenca Alta del Manzanares (Madrid). Septiembre, 2012

NOTA: fotos tomadas con una NIKON D90 con objetivo AF VR Zoom-Nikkor ED 80-400 mm f/4,5-5,6D.

Otro otoño más ya había llegado y nuestros montes comenzaban a sufrir los cambios propios de la estación. Durante estos días muchas aves cruzarán nuestros cielos rumbo a África, dejándonos hasta la próxima primavera. En estos mismos días, cuando lleguen las primeras lluvias, otros vecinos de nuestros montes, los señores del bosque, comenzarán su época de máxima actividad, la berrea.

Con la intención de disfrutar de los bramidos de los ciervos y, con suerte, toparnos con alguno, decidí estrenar la estación por las dehesas de nuestro Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares.

Tras casi una hora de coche y unos últimos kilómetros con baches que en nada envidian a los del añorado Masai Mara, llegué al inicio de la ruta, que había conocido con Gon y Bow años atrás. Apagué el motor justo cuando un ciclista cruzaba a gran velocidad por la pista forestal. Cuando iba a subir la ventanilla, divisé una gran ave sobre una torreta eléctrica. Sin bajarme del coche saqué la cámara para identificar lo que parecía una gran rapaz. Y la suerte me sonrió, se trataba de un adulto de águila imperial ibérica.


Gran águila en una torreta eléctrica

Águila imperial ibérica

Las grandes manchas blancas sobre los hombros que caracterizan a nuestra rapaz más emblemática y amenazada se veían a simple vista. Con el coche como "hide", pude fotografiarla a placer. Tan sólo cuando me bajé del coche para iniciar la marcha, la imperial identificó la figura humana y emprendió el vuelo. Con estos quince primeros minutos iniciales, ya había merecido la pena la escapada.



Águila imperial ibérica

Águila imperial ibérica

Águila imperial ibérica
Águila imperial ibérica

Dejando atrás los planeos del águila imperial y de algún buitre leonado lejano, comencé la caminata por el sendero de tierra, que discurría entre encinas y jaras. El sol ya bajaba y algunos de los habitantes de la dehesa regresaban a sus hogares para pasar la noche. Éste fue el caso de una pareja de buitres negros, que cruzó a gran velocidad el cielo sobre mi cabeza. Se me sigue resistiendo una foto de calidad de los "monjes".

Encinares y monte bajo

Luna creciente
Buitre negro

El terreno se fue abriendo, y el monte bajo dejó paso a grandes praderas, en las que se adivinaba un cauce del río prácticamente seco. Con ayuda de los prismáticos se adivinaban las figuras de algunos ciervos y gamos que descansaban a la sombra de encimas y colinas.

Cauce del río prácticamente seco

Cérvido descansando


Unos metros más adelante, pude disfrutar desde algo más cerca los ciervos, gamos e incluso alguna cigüeña negra y garza, que disfrutaban del oasis que suponían los charcos de lo que antes era un río.

Ciervo bebiendo

Cérvidos y cigüeña negra

Cervatillo entre las encinas

Reflejos del sol sobre los charcos

Ciervo vigilando su "harem"

Ciervas y cervatillos

Decidí avanzar un poco más antes de emprender la vuelta a casa, para ver si la fructífera tarde me guardaba alguna sorpresa más. Mientras el sol se ocultaba tras la serranía, los córvidos se dejaban oir entre algún bramido aislado de los venados. En la lejanía también se escuchaba el chapoteo de algún gran mamífero, pero la espesura del encinar no permitía descubrir de quien se trataba. Sin embargo, su inconfundible chillido le delató unos minutos más tarde. Por sorpresa el animal en cuestión, un jabalí, apareció tras una loma. Iba emitiendo bufidos con el morro pegado al suelo, como si fuera una aspiradora. Olisqueó una encina, frotó su cabeza contra su tronco, y desapareció por donde había venido.

Córvidos

Jabalí

Jabalí marcando territorio

Jabalí alerta

Jabalí entre las dehesas

Con la puesta del sol y la marcha del jabalí, di media vuelta rumbo al coche. Tras la caída del sol el bramido de los ciervos y los chasquidos producidos por los choques de sus cuernas invadieron el monte. Estos sonidos me acompañaron durante todo el regreso. Mientras, en el cielo los rayos del sol dibujaban con tonos espectaculares las curiosas figuras de nubes y  estelas de los aviones.





Con la última luz del día llegué al coche, y emprendí la vuelta a casa tras una impresionante tarde en nuestro monte.