lunes, 15 de agosto de 2011

R.N. Masai Mara (Kenia). Agosto, 2011

NOTA: fotos tomadas con una NIKON D90 con objetivo Nikkor 70-300 mm f/4,5-5,6D y una Olympus SP800-UZ.

Tras varios días en Kenia, por fin tocaba vivir el gran "safari" por el más emblemático de sus espacios naturales, la Reserva Nacional de Masai Mara. Prolongación natural del vecino Serengueti, del que sólo le separa la línea fronteriza Kenia-Tanzania, el Masai Mara ha sido escenario de algunos de los más espectaculares documentales sobre la fauna africana.

Aquella mañana amanecimos muy temprano, ya que teníamos por delante varias horas de incómodas carreteras hasta el campamento base, Acaluma Camp, en los límites de la Reserva. Teóricamente serían cinco horas de viaje, pero en aquellas carreteras los imprevistos siempre están a la vuelta de la esquina, y mejor ir a los sitios con holgura.
Ruta Nairobi - Campamento en Masai Mara: 250 km; 5h 15 min (Google Maps)

El sol brillaba con fuerza a primera hora de la mañana, y así sería durante casi toda la jornada. Cargamos el coche de víveres para dos días, y los tres expedicionarios, Nata, Gary y yo, iniciamos con gran ilusión la marcha. La primera parte del trayecto, desde Nairobi hasta Narok, fue sin grandes sobresaltos. Incluso algunos tramos de carretera, recién asfaltados, nos hicieron olvidar por momentos que estábamos en Kenia.
Venta de mazorcas al horno
Coca-Cola, coronando el Valle del Rift











A partir de Narok volvimos a la cruda realidad y los tópicos típicos de aquellas tierras se sucedieron uno tras otro. Un guía que no acude a su cita y no coge el teléfono; una elección errónea en una encrucijada; y una vez que entramos en la infinita pradera del Masai Mara y nuestro destino se adivina muy próximo, un inoportuno pinchazo. Casi mejor ni mencionar la tormenta que se desató justo con el reventón. Por fortuna, Gary estaba curtido en estas situaciones, como bien comprobaron hienas y ñúes, testigos de excepción de un cambio de rueda digno de la Fórmula 1.

Poblado a las afueras de Narok
Cruce de caminos entrando al Masai Mara
Ñu cruzándose por el camino

El pinchazo, si bien nos pareció una desgracia al principio, luego resultó ser providencial, pues dio tiempo a nuestro guía a encontrarnos y guiarnos hasta Acaluma Camp. En el corto trayecto, de no más de un cuarto de hora, dio tiempo a que amainara la tormenta y se despejara. Increíble la velocidad a la cambiaban las situaciones en África. Al final de la dura y accidentada jornada, pudimos disfrutar de una impresionante puesta de sol en compañía de los Masais y el joven Wabero, que velarían por nuestra seguridad y comodidad en el campamento.

Llegada al Acaluma Camp
Atardecer en la sabana, desde Acaluma Camp

En media hora ya habíamos descargado las provisiones y reparado el pinchazo. Con todas las tareas hechas, aprovechamos para acompañar a los Masai en su ronda de vigilacia. Había poca visibilidad ya, pero a unos trescientos metros se intuía el incesante desfile de los ñúes rumbo al río Mara, al son de tus trompetazos. Un rato más tarde Wabero nos preparó la cena y, tras un trivial nos retiramos a nuestros aposentos. Las tiendas tenían cómodas camas, aseo e incluso una pequeña ducha de agua caliente. Lujos asiáticos, o africanos en un lugar perdido de la sabana. A pesar de los "bocinazos" de los ñúes y las risotada aislada de alguna hiena, pasamos una plácida noche, cogiendo fuerzas para el safari que nos esperaba a la mañana siguiente.

Guerreros Masai y Wabero de ronda nocturna

El día comenzó de una manera inmejorable: café caliente y tostada en la cabaña-comedor mientras contemplábamos un espectacular amanecer. El sol ascendió a los cielos como lanzado por un arquero, a una velocidad sorprendente, y dos minutos su intensa luz lo inundó todo. En la lejanía varios globos aerostáticos se elevaban, con menos ligereza que el sol, a orillas de un río Mara que se intuía por los grandes árboles que crecen junto a sus orillas. En la pradera que teníamos junto al campamento varias gacelas y cebras pastaban a la sombra de las acacias.

Amanecer, tras una noche de vigilia
Globos despegando sobre el cauce del río Mara

Tan pronto como vino a recogernos nuestro guía masai, de nombre Seko, arancamos el todoterreno y nos dirigimos hacia uno de los accesos de la Reserva. Seko apenas hablaba inglés, pero los gestos y alguna palabra suelta en inglés o swahili fueron suficientes para comunicarnos con él. Su presencia fue fundamental, ya que se conocía el territorio como la palma de su mano, y usaba su móvil para hablar con otros Masai y contarse dónde había fauna digna de observar.

Ruta Campamento - Río Mara: 25 km; 1 hora (Google Maps)
Comenzando el "Game drive", con Seko, guía Masai
Arboledas junto al cauce del río Mara

A nuestros ojos cada palmo de la llanura parecía igual, imposible orientarse. Pero a ojos de los Masai, de Seko, cada piedra, arbusto, cruce de caminos tenía nombre. Los cruces de caminos eran nuestras glorietas, los montones de piedras nuestros monumentos y las líneas de arbustos nuestras calles.

Durante la primera media hora de la jornada vimos poco movimiento de fauna. Si mirábamos al horizonte, las perspectivas no eran mejores. Pero estas perspectivas cambiaron repentinamente, como suele suceder en estos territorios. Dónde unos segundos antes sólo se veían hierbas y pedruscos, súbitamente aparecieron decenas de impalas, gacelas e incluso una manada de búfalos. Resultaba imposible entender como no habíamos visto esos gigantes desde más lejos. El arte del camuflaje y la orografía nos engañaba con una habilidad pasmosa.

Impala
Manada de búfalos
Pigargo vocinglero en su atalaya

Uno de los pocos habitantes de la sabana al que poco o nada le importa el camuflaje es el elefante. Sin enemigos naturales, salvo el ser humano, no se corta a la hora de atravesar a un ritmo cansino una inmensa pradera a plena luz del día. Esto es justamente lo que comprobamos al poco de dejar atrás los búfalos, cuyo enorme tamaño empequeñeció a medida que nos acercábamos a una familia de elefantes, cuyas siluetas se divisaban en la lejanía sobre la gran llanura.
Siluetas de elefantes en la llanura del Masai Mara
Manada de elefantes

La mañana se fue desperezando, y fueron acompañando nuestro paseo  babuinos, cebras, y ñúes, muchos ñúes. Hasta un millón y medio de ellos cruzan año tras año el río Mara, desde el Serengueti al Masai Mara, o viceversa, según la época del año.

Babuino con su cachorro
Cebras y ñúes, compañeras de travesía

Al poco rato, de golpe y porrazo el movimiento desapareció a nuestro alrededor. Otro cambio brusco en el horizonte. Praderas, arbustos y piedras seguían bajo un cielo que se había nublado ligeramente, pero ni rastro de cebras, gacelas o ñúes, que parecían haber sido tragados por la tierra. Pronto fuimos descubriendo el motivo. Una pareja de inquietos chacales correteando fue la primera señal, unos buitres posados en el suelo la segunda, y finalmente la definitiva: a pocos metros entre montículos y arbustos, una familia de leones descansaba tras el festín de la noche. Al igual que los elefantes, sin enemigos naturales aparte del ser humano, no se inquietaron por nuestra cercanía. Los adultos continuaron dormitando mientras algunos de los cachorros nos miraron impasibles.
Chacales de lomo negro
Buitres aterrizando
Buitres orejudos y buitre dorsiblanco
Familia de leones descansando
León dormitando en su montículo
Mirada de los cachorros de león

Una vez disfrutado el nuestro primer encuentro con el rey del Masai Mara, continuamos por un pedregal, que complicaba e incomodaba cada metro que intentabábamos avanzar. Pero Seko sabía que el esfuerzo merecía la pena. Primero provocamos el correteo a unas mangostas y a los pocos minutos llegamos a nuestro destino, que no era otro sino la sombra de un solitario árbol. Bajo el árbol descansaban tres guepardos.
Mangostas corriendo hacia su madriguera
Gacelas de Grant vigilando el horizonte
Guepardos a la sombra

Al igual que los leones, tampoco se inmutaron mucho estos estilizados felinos. Tras observarlos y fotografiarlos durante un rato, les dejamos descansando, y pusimos rumbo a nuestro próximo destino: los márgenes del río Mara. Es ahí donde se se producen año tras año una de las más míticas estampas de los documentales africanos: cientos de ñúes y cebras tratando vadeando el río Mara, mientras evitan caer en las fauces de los cocodrilos.

Según nos acercábamos al río, se hacía mayor la polvareda que levantaban los ñúes con su trote hacia el Mara, rumbo al Serengueti.

Desfile de ñúes rumbo al Serengueti (Tanzania)
Ñúes acumulándose a orillas del Mara
Ñúes esperando para cruzar el río

Antes de ver el río Mara escuchamos su torrente. Sin llegar aún a contemplar sus aguas, nos topamos con una hipopótamo hembra que yacía moribunda junto al cadáver de su cría recién parida. Los buitres y marabúes aguardaban pacientes el triste suceso. Cuando por fin pudimos asomarnos al río, esta tétrica escena se multiplicó: flotaban decenas de cadáveres de ñúes que no habían podido superar el impetú de la corriente o las acometidas de los saurios.

Hipópótamo hembra moribunda
Ñúes ahogados en el Mara

Cocodrilos junto al río
Águila marcial en su posadero

Más simpática resultó ver en escena una familia de hipopótamos, que descansaba río arriba. En lo alto, el águila marcial observaba desde la rama seca de un árbol.

Familia de hipopótamos en el Mara
Buitre moteado escudriñando el río
Meandro del río Mara
Ganso egipcio a orillas del Mara

El río en Mara en sí no nos resultó muy espectacular. Los paisajes de cualquier río de alta montaña en España resultarían más impresionante. Son los aconteceres que se dan a su alrededor los que le han convertido en legendario. El intento fallido de captura de un ñú por parte de un cocodrilo que vimos con nuestros propios ojos fue una muestra perfecta.

Secuencia de ataque de cocodrilo a ñu

Con esta escena nos entró el hambre, y dejamos atrás el río para ir a una zona "menos salvaje" donde poder bajarnos del coche, estirar las piernas y degustar los bocatas de tortilla española y jamón serrano. En el camino nos cruzamos con un guepardo también buscaba algo que llevarse a la boca. Llegamos a una zona despejada de arbustos pero con una gran acacia que nos proporcionaría la necesaria sombra. Pusimos pie en tierra, echamos un rago de agua y dimos cuenta de los bocadillos. Seko no quiso aceptar nuestra agua, es más, no bebió en las doce horas que estuvo con nosotros. Sorprendente. Pero no pudo resistirse a los encantos de la gastronomía ibérica, y no supo decir "no" a la tortilla y al jamón ibérico.

Buitres sobre la acacia
Guepardo buscando su almuerzo
Manada de gacelas de Grant pastando
Pastos secos en la llanura
Grupo de topis
Seko observando su tierra Masai

Con el buche lleno volvimos hacia la zona del río. Antes de llegar al Mara unos elefantes se cruzaron en nuestro camino. Cuando llegamos a la orilla del río, no pudimos contener las ganas de experimentar en nuestras propias carnes la sensación que tienen los ñúes cuando lo cruzan. Si bien reconocemos que a bordo del 4x4 tiene algo menos de mérito. Nata tuvo la habilidad suficiente para vadear el río sin dificultades, en una zona recomendaba por Seko, sin mucha corriente ni cocodrilos, todo sea dicho.
Manada de elefantes rumbo al Serengueti
Vadeo del río Mara
Hipopótamo contra cocodrilo
Familia de hipopótamos en un remanso

Búfalos al otro lado del Mara

Seko nos guió hacía una zona de grandes árboles que crecían junto al río. Allí rastreó buscando señales de vida del leopardo, el único big five (león, leopardo, elefante, rinoceronte y búfalo) que nos quedaba por ver en Kenia. No hubo suerte en esa zona. Tras un par de llamadas de Seko a otros guías, nos dirigimos a otra zona de la Reserva en su búsqueda. Para acceder a la zona donde habían avistado un leopardo hacía un rato, había que superar un tramo de carretera malo no, sino peor. Ascendimos a la colina en cuestión dando botes por culpa de unos enormes pedrolos que golpeaban sin piedad los bajos de coche. En la cima nos esperaba el simpático pájaro secretario, que a grandes zancadas buscaba alguna serpiente que llevarse al pico. Aquí tampoco hubo suerte con el leopardo, y volvimos de nuevo hacia el río sin avistarlo, pero con una lección aprendida: Masai Mara no es un zoo, y disfrutar cada especie tiene su dificultad y mérito.


Secretario

En la bajada hacia el Mara, unos primos del leopardo salieron a nuestro encuentro. Una pareja de guepardos acechaba un rebaño de ñúes, acercándose a ellos al amparo de las altas hierbas. Comenzaba a caer el sol y no parecía que los guepardos fueran a intentar el asalto en breve, así que continuamos nuestro camino ya rumbo al campamento base.

Guepardos al acecho
Gacela de Thomson

La luminosidad del día se perdía por la puesta del sol y por una nueva tormenta. Pero aún quedaba luz suficiente para dejarnos disfrutar de la vida de otra familia de leones. El ritmo en la sabana se aceleraba con la caída del sol. Los cachorros jugueteaban tranquilos junto a nuestro coche y, con algo más de concentración, unas leonas acechaban a unos facoceros. Una pena que el lance de caza fuera interrumpido por un vehículo, que ahuyentó al facocero en el momento justo en el que la leona iba a empezar la carrera.

Cachorros de león jugueteando al atardecer
Añadir leyenda
Celo de leones
Cachorro de león relamiéndose
Facoceros pastando
Leona con sus cachorros
Leona acechando a facocero

Leona esperando el anochecer

Con la imagen de la decepcionada leona tras el lance fallido llegamos al campamento, donde disfrutamos de otra nueva cena preparada por Wabero, mientras recordábamos las emociones vividas en una jornada única e inolvidable.

La última mañana en el Masai Mara amaneció más calurosa y soleada. Disfrutamos tranquilamente del café y las tostadas, mirando con nostalgia la llanura y la lejana silueta de los árboles que vigilaban el río Mara. Nuestra mirada era diferente a la del día anterior. Ahora podíamos imaginar todo lo vivido el día anterior: ñúes cruzando el río bajo la mirada de los cocodrilos e hipopótamos, leones y guepardos descansando entre arbustos y acacias, elefantes avanzando sobre las praderas y tantas imágenes más.

Último amanecer en Acaluma

Llegó el triste momento de despedirse. Wabero y los Masais, magníficos anfitriones, nos desearon buen viaje. Tras un "hasta pronto", que ójala se cumpla, enfilamos la salida hacia Ewaso Ngiro, entre los ñúes más rezagados y alguna hiena perdida. A nuestro paso las mujeres y niños que había en los poblados junto al camino nos despedían con sus grandes y revitalizantes sonrisas.

Hiena bebiendo en las lindes del Masai Mara
La gente del Masai Mara
Haciendo la colada

Dos horas más tarde estábamos sobre el asfalto, y las aventuras vividas en el Masai Mara eran ya historia. Otro recuerdo más en nuestras memorias, y en este blog.

¡¡Hasta pronto Kenia!!!

Cabañas entre cultivos cerca de Narok
Entre Narok y Nairobi

Aprovechando al límite los medios de transporte

¡Hasta pronto!