NOTA: fotos tomadas con una NIKON D90 con objetivo AF VR Zoom-Nikkor ED 80-400 mm f/4,5-5,6D.
Aprovechando la tregua concedida por las borrascas otoñales, otra mañana más nos animamos a disfrutar de una jornada por nuestros montes. Mirando de reojo las nubes que se acercaban desde el sur, Emi y yo emprendimos la marcha observados por una pareja de caballos que segundos antes pastaba tranquilamente tras una cerca.
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| Pareja de caballos |
Con un ritmo menos cansino que la pareja de equinos, un milano real surcaba ágilmente el cielo, escudriñando cada palmo del terreno en busca de algún roedor o lagartija. En el horizonte, el espeso bosque mediterráneo se fue abriendo al ritmo de nuestros pasos. El mar de copas de encinas daba paso a una zona de despejadas dehesas que rodeaban el cauce del río. Al cobijo de los árboles, los venados y los gamos pastaban plácidamente.
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| Milano real |
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| Venados pastando |
Elevando la vista a los cielos, el trasiego de nuestros gigantes alados, buitres leonados y negros, se aceleraba. La lluvia del día anterior los había recluido en algún posadero, y sus ganas de volar en busca de alimento era doble. Entre tanto carroñero, el trompicado vuelo de un aguilucho cenizo que atravesaba la dehesa no pasó desapercibido.
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| Buitre leonado |
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| Aguilucho cenizo |
El vuelo del aguilucho dirigió nuestros ojos de nuevo a unos ciervos que, debido a la tardía llegada de las lluvias otoñales, aún seguían de berrea. En un principio nos llamó la atención escuchar los bramidos de los venados en noviembre, pero tras un septiembre seco, tenía cierto sentido.
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| Ciervo y cierva |
En otros rincones del monte, muy cerca de allí, los gamos también andaban con su partcular época de celo, la ronca, en pleno esplendor. Tanto las luchas de venados y gamos como la ya comenzada temporada de caza dejará caídos en combate entre dichas especies. Buenos conocedores de ello, los buitres sobrevolarán las dehesas y montes en busca de las ansiadas proteínas.
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| Buitre negro |
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| Gamos |
Se nos esfumó la mañana en un abrir y cerrar de ojos. Tras almorzar y la merecida siestecilla de rigor al abrigo de las jaras, decidimos volver sobre nuestros pasos. Un gélido viento se fue abriendo paso entre unos rayos de luz cada vez más tenues. Como traidas por el viento, algunas aves migratorias sobrevolaron nuestras cabezas. Desfilando desde el norte de Europa, llegaban unas gaviotas con intención de pasar el invierno en nuestros montes. Parece que guiris de todas las especies gustan de nuestro clima. Por contra, los halcones abejeros emprendían rumbo al sur, hacia África, en busca de sus presas favoritas, las abejas.
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| Gaviotas en formación |
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| Halcón abejero rumbo al sur |
Sin prestar mucha atención al ajetreo de los cielos, los jabalíes devoraban las bellotas que caían de las encinas por el ímpetu del viento.
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| Jabalí comiendo bellotas junto a una encina |
Cuando enfilábamos ya el último tramo del camino, la penúltima cuesta, una vieja conocida, ilustre vecina de estos encinares, quiso sumarse a la fiesta. Al pie del camino, sobre una pequeña torreta eléctrica, se erguía majestuosa nuestra ave más emblemática y amenazada. La gran águila imperial vigilada su territorio desde la atalaya metálica, soportando sin inmutarse el golpeo del fuerte viento. Su aguda vista nos descubrió enseguida, pero la rapaz no se alarmó. Justo con la última claridad del día, cuando estábamos a pocos metros de ella, el águila emprendió el vuelo. Era la hora de buscar cobijo al abrigo de la espesura de alguna encina. El frío viento nos avisaba de que se avecinaba una gélida y desapacible noche en nuestro monte.
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| Águila imperial ibérica |
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| Atardecer en el encinar |