sábado, 12 de octubre de 2013

Sierra Oeste (Madrid). Octubre, 2013

NOTA: fotos tomadas con una NIKON D90 con objetivo AF VR Zoom-Nikkor ED 80-400 mm f/4,5-5,6D.

El cielo azul raso y la temperatura fresca, ideal panorama para otra escapada más. Esta vez Bow y yo elegimos los pinares del Sierra Oeste, que tan buenos momentos nos habían dado ya.

La calma fue total en los primeros repechos, en los que el ruido del cercano pueblo contrastaba con la calma total en cielos y bosques. Como otras veces, una vez superada la curva que delimita la civilización y el monte silvestre, comenzó la acción. Primero fueron los ruidosos arrendajos los que cruzaron el valle ante nuestros ojos, jugándose el tipo ante un peligroso depredador que ya hemos visto deambular en otras ocasiones sobre esos mismos pinos, el gavilán.

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Arrendajo
Tras los arrendajos se hizo de nuevo la paz. Y es que las primeras dos horas fueron muy muy tranquilas. Tan sólo algunos buitres lejanos y poco más. Como no estaba habiendo suerte, decidimos acelerar el paso para llegar a alguna zona por explorar. Y así hicimos, aunque sin suerte,...de primeras.

Llegamos al punto de retorno, en el que dimos buena cuenta de los bocatas y nos echamos una ligera siesta, a la sombra de los pinos, como reza la canción.

Y justo ahí, cuando estábamos en un momento de paz total, el ladrido más emblemático del bosque mediterráneo se dejó sentir en el valle. El águila imperial ibérica había hecho acto de aparición. Como estábamos semiocultos, tuvimos la suerte de disfrutar de ella de cerca durante unos minutos. Al poco un azor hizo unos vuelos rasantes sobre las copas de los pinos. Primero hacia el valle, luego en sentido inverso hacia lo alto del monte, quizás con alguna presa.

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Azor
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Meteoro escudriñando los pinares
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Silueta de águila imperial

Con la satisfacción de haber cumplido expectativas tomamos el camino de vuelta, también sin mucho movimiento alado ni terrestre.

Fue justo en la última para del camino, otra vez junto a la ya mencionada curva, cuando repentinamente los habitantes del monte salieron a nuestro encuentro. Primero un ratonero nos dedicó alguna acrobacia que otra.

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Ratonero posándose
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Ratonero
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Ratonero
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Ratonero alzando el vuelo
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Ratonero

Y al final, los gigantes del aire, buitres leonados y negros dieron sus últimos planeos del día sobre nuestras cabezas a modo de despedida

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Buitre negro

jueves, 10 de octubre de 2013

Monte de El Pardo (Madrid). Octubre, 2013

NOTA: fotos tomadas con una NIKON D90 con objetivo AF VR Zoom-Nikkor ED 80-400 mm f/4,5-5,6D.

Aprovechando un pequeño hueco en la tarde, me acerqué al pueblo de El Pardo, a escasos minutos de la capital. A pesar de esta cercanía a la gran urbe, junto a este pueblo se encuentra uno nuestros estandartes más sobresalientes del monte mediterráneo.

Aunque la parte visitable de este enclave es pequeña, me aventuré para ver si cazaba a alguno de sus moradores más ilustres. En los primeros tramos, junto a las casas, los ánades se daban un chapuzón en un río Manzanares con un caudal generoso tras las primeras lluvias otoñales. 

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Ánade real
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Grajilla

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Encinares de El Pardo

Los córvidos, sobre todo garillas y rabilargos, graznaban sin parar y daban su tono musical al ambiente. Ajenos al ajetreo aéreo, los gamos pastaban tranquilos al otro lado del río, esperando la noche, en la que se multiplicaría la actividad propia de las primeras fases de su celo, la ronca. A lo lejos se sentía la berrea, ya más avanzada.

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Gamos

Hubo suerte, y las grajillas dejaron paso a un buitre negro que me sobrevoló a muy baja altura. En lo alto de las lomas del horizonte, los gamos se dejaban ver en gran número, con sus elegantes siluetas recortadas en el cielo.

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Aleteo del buitre negro
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Gamos en el horizonte
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Imperial dominando su territorio

Junto al río, una pareja de ornitólogos observaba con su telescopio una silueta esbelta que coronaba una encina. Se trataba de la emperadora del monte mediterráneo. La imperial dominaba desde su atalaya kilómetros de encinares, esperando el atardecer. Un inmejorable final para una jornada muy breve, pero fructífera.

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Rabilargo refrescándose
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Atardecer en El Pardo

domingo, 6 de octubre de 2013

Río Dulce (Guadalajara). Octubre, 2013

NOTA: fotos tomadas con una NIKON D90 con objetivo AF VR Zoom-Nikkor ED 80-400 mm f/4,5-5,6D.

El domingo amaneció con un frío que se clavaba entre los huesos, tan sólo aliviado por unos tenues rayos del sol. Bajos nuestros pies, las tierras del alto páramo alcarreño, las mismas que unas décadas atrás quedaron inmortalizadas por nuestro naturalista más ilustre, Félix Rodríguez de la Fuente. Y es que fueron estos barrancos, estos ríos y estos bosques los que quedaron marcados para siempre por la huella de Félix y el aullido de sus lobos.

Con el recuerdo de muchas escenas de El Hombre y la Tierra, Lucía y yo comenzamos la caminata, desde el pueblo de Pelegrina. Un buitre leonado madrugador nos dio la bienvenida a su hoz. El silencio y la tranquilidad reinó durante gran parte del recorrido que hicimos por el fondo del cañón, formado por la erosión de siglos del río Dulce.

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Vistas de la Hoz desde el Mirador Félix Rodríguez de la Fuente

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Castillo de Pelegrina (S. XII-XIII)
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Leonado llegando al nido
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Leonado cruzando el cañón

El sendero discurría a la sombra del bosque de galería que rodeaba el cauce del río, y al abrigo de los enormes farallones que se elevaban como colosos a ambos lados. El río avanzaba alegre, e incluso en alguna zona aparecía medio desbordado, lo que nos obligó a extremar las precauciones en algunos tramos.

Mientras avanzamos, iba examinando las cavidades de los farallones confiando en encontrar alguna especie rupícola, pero tan sólo algunos buitres se dejaban observar.

Tras un par de horas de ida y vuelta, y la parada obligada junto a la caseta donde Félix guardaba el material de los rodajes, en el fondo del cañón, decidimos dar por concluido el paseo matutino.

Un pequeño homenaje a nuestro querido Félix, aque que desde estas tierras tanto nos transmitió, y sin el que es más que posible que este blog no existiría.

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Buitre leonado sobrevolando el río