El cielo azul raso y la temperatura fresca, ideal panorama para otra escapada más. Esta vez Bow y yo elegimos los pinares del Sierra Oeste, que tan buenos momentos nos habían dado ya.
La calma fue total en los primeros repechos, en los que el ruido del cercano pueblo contrastaba con la calma total en cielos y bosques. Como otras veces, una vez superada la curva que delimita la civilización y el monte silvestre, comenzó la acción. Primero fueron los ruidosos arrendajos los que cruzaron el valle ante nuestros ojos, jugándose el tipo ante un peligroso depredador que ya hemos visto deambular en otras ocasiones sobre esos mismos pinos, el gavilán.
La calma fue total en los primeros repechos, en los que el ruido del cercano pueblo contrastaba con la calma total en cielos y bosques. Como otras veces, una vez superada la curva que delimita la civilización y el monte silvestre, comenzó la acción. Primero fueron los ruidosos arrendajos los que cruzaron el valle ante nuestros ojos, jugándose el tipo ante un peligroso depredador que ya hemos visto deambular en otras ocasiones sobre esos mismos pinos, el gavilán.
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| Arrendajo |
Llegamos al punto de retorno, en el que dimos buena cuenta de los bocatas y nos echamos una ligera siesta, a la sombra de los pinos, como reza la canción.
Y justo ahí, cuando estábamos en un momento de paz total, el ladrido más emblemático del bosque mediterráneo se dejó sentir en el valle. El águila imperial ibérica había hecho acto de aparición. Como estábamos semiocultos, tuvimos la suerte de disfrutar de ella de cerca durante unos minutos. Al poco un azor hizo unos vuelos rasantes sobre las copas de los pinos. Primero hacia el valle, luego en sentido inverso hacia lo alto del monte, quizás con alguna presa.
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| Azor |
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| Meteoro escudriñando los pinares |
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| Silueta de águila imperial |
Con la satisfacción de haber cumplido expectativas tomamos el camino de vuelta, también sin mucho movimiento alado ni terrestre.
Fue justo en la última para del camino, otra vez junto a la ya mencionada curva, cuando repentinamente los habitantes del monte salieron a nuestro encuentro. Primero un ratonero nos dedicó alguna acrobacia que otra.























