NOTA: fotos tomadas con una cámara compacta + telescopio terrestre 10x45.
Desde que lo visité por primera vez en verano de 1995, en compañía de Nacho, Gon y Bow, el entonces poco conocido y hoy ya declarado Parque Nacional de Monfragüe ha sido el lugar que más he visitado y con el que más he disfrutado observando la naturaleza.
Es precisamente de este "paraíso" extremeño de dónde conservo mis primeros recuerdos fotográficos, durante la Semana Santa de 1997. Lamentablemente los resultados obtenidos tras el revelado del carrete fueron de más valor nostálgico que artístico, pero los recursos técnicos y nuestra habilidad no daban para más.
La historia comenzó al compás de los cascabeles del ganado vacuno que nos despertó tras la lluviosa y fría noche. El Moro, Yeti, Iñaki y yo amanecimos en el chozo situado en las inmediaciones de Monfra. Antes de ir hacia el Parque hicimos una breve expedición por los encinares de la zona donde encontramos varios nidos de milanos y los restos de una res. Cientos de kilos reducidos a un montón de huesos y junto a ellos la firma de los autores de la limpieza, decenas de plumas de buitres leonados y negros.
Tras esta primera toma de contacto con la esencia de Monfra, donde encuentra refugio la mayor población de buitre negro del planeta, más de 200 parejas, emprendimos rumbo al corazón del Parque a bordo del mítico Ibiza verde del Moro. Aún era temprano, y el sol no había generado las corrientes térmicas que aprovechan los buitres para ascender a los cielos. Por ello había más buitres en los riscos que en los cielos.
Fuimos haciendo paradas en los diferentes miradores situados en los árcenes de la carretera. Desde la Portilla, Báscula, Tajadilla, Peñafalcón intentamos descubrir algún nido, ave posada o mamífero oculto entre los roquedos o en la espesura del bosque mediterráneo.
Desde que lo visité por primera vez en verano de 1995, en compañía de Nacho, Gon y Bow, el entonces poco conocido y hoy ya declarado Parque Nacional de Monfragüe ha sido el lugar que más he visitado y con el que más he disfrutado observando la naturaleza.
Es precisamente de este "paraíso" extremeño de dónde conservo mis primeros recuerdos fotográficos, durante la Semana Santa de 1997. Lamentablemente los resultados obtenidos tras el revelado del carrete fueron de más valor nostálgico que artístico, pero los recursos técnicos y nuestra habilidad no daban para más.
La historia comenzó al compás de los cascabeles del ganado vacuno que nos despertó tras la lluviosa y fría noche. El Moro, Yeti, Iñaki y yo amanecimos en el chozo situado en las inmediaciones de Monfra. Antes de ir hacia el Parque hicimos una breve expedición por los encinares de la zona donde encontramos varios nidos de milanos y los restos de una res. Cientos de kilos reducidos a un montón de huesos y junto a ellos la firma de los autores de la limpieza, decenas de plumas de buitres leonados y negros.
Tras esta primera toma de contacto con la esencia de Monfra, donde encuentra refugio la mayor población de buitre negro del planeta, más de 200 parejas, emprendimos rumbo al corazón del Parque a bordo del mítico Ibiza verde del Moro. Aún era temprano, y el sol no había generado las corrientes térmicas que aprovechan los buitres para ascender a los cielos. Por ello había más buitres en los riscos que en los cielos.
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| Buitre leonado en el amanecer de la Portilla |
Fuimos haciendo paradas en los diferentes miradores situados en los árcenes de la carretera. Desde la Portilla, Báscula, Tajadilla, Peñafalcón intentamos descubrir algún nido, ave posada o mamífero oculto entre los roquedos o en la espesura del bosque mediterráneo.
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Escudriñando con nuestros prismáticos los cielos pudimos disfrutar del planeo del solitario buitre negro. En los farallones los protagonistas eran los buitres leonados, los alimoches y las cigüeñas negras, éstos dos últimos recién llegados de su retiro invernal en África. Junto a las aguas de los ríos los milanos negros no paraban de ir y venir buscando alguna carpa que llevarse al pico.
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| Cigüeña negra en su nido |
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Incluso sin acompañar el tiempo, nuboso y frío, tuvimos muy buenos momentos. Monfra no suele fallar, y aunque falle, seguiremos yendo siempre que podamos.



